De Kioto a Copenhague o cómo frenar el cambio climático.

Analizamos las claves del cambio climático y sus implicaciones, así como las pequeñas acciones que todos podemos llevar a cabo para frenar este proceso imparable.

19 Febrero 2009
Sequía

¿Cambio climático? ¿Calentamiento global? ¿Emisiones de gases de efecto invernadero? En la última década, estos términos han pasado a formar parte de nuestro vocabulario, pero no siempre podemos decir que conozcamos sus implicaciones reales en nuestra vida cotidiana.

En diciembre de 1997 -hace ya más de una década- un grupo de países reunidos en torno a la Convención Marco de Naciones Unidas contra el cambio climático (CMNUCC) adoptaban el Protocolo de Kioto, un acuerdo que sentaba las bases para la reducción de los Gases de Efecto Invernadero (GEI), principales causantes del llamado cambio climático. A partir de ese momento, tecnicismos como "gases de efecto invernadero", "calentamiento global", "emisiones" o "eficiencia energética" han pasado a formar parte de nuestro vocabulario cotidiano, aunque muchos de ellos sigan resultando, en buena medida, incomprensibles para nosotros. Antes de comenzar a analizar las implicaciones del llamado cambio climático habría que preguntarse:

¿Por qué está cambiando el clima?

El llamado "efecto invernadero" es un proceso natural: el vapor de agua, el dióxido de carbono y otros gases de origen natural contenidos por la atmósfera actúan a modo de invernadero, absorbiendo el calor de la energía solar que emana de la Tierra y manteniendo la temperatura terrestre a un nivel que permite la existencia de vida. De hecho, si no tuviera lugar el efecto invernadero no sería posible la existencia de vida en nuestro planeta, dado que la temperatura media rondaría los -18º.

El problema surge cuando hay más emisiones de las previstas por la propia Naturaleza. Entonces, el hecho de que aumenten en la atmósfera los niveles de dióxido de carbono y otros gases -generados por la combustión de minerales fósiles como el petróleo, el gas o el carbón- que retienen el calor, contribuye a calentar nuestro planeta más allá de los niveles necesarios, dando así lugar al cambio climático.

Paralelamente, los científicos han descubierto que, desde 1850 -fecha en la que comenzó a medirse la temperatura de la Tierra de forma fiable-, ésta ha aumentado 0,76º y que si llegara a superar en 2º los niveles de la era preindustrial, el cambio climático tendría unas consecuencias catastróficas e irreversibles en el planeta. En términos globales, muchos países quedarían inundados por la subida de las aguas marinas -o el deshielo en las zonas árticas-, mientras en otros se quedarían sin agua, viéndose el mundo sometido a unos fenómenos meteorológicos cada vez más extremos y cambiantes.

¿Qué se puede hacer al respecto?

Se sabe que la solución global pasa únicamente por la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, ya sea reduciendo el consumo energético u optimizando su uso para sacar el mayor partido. Además, es importante evitar que el dióxido de carbono pase a la atmósfera, capturando las emisiones en el momento que se producen y almacenándolas bajo tierra en yacimientos agotados.

Una buena manera de contrarrestar la emanación de gases a la atmósfera es a través de las selvas tropicales ya que estas absorben el dióxido de carbono mientras crecen. Sin embargo, la política de deforestación incontrolada que están llevando a cabo algunas naciones dificulta el desarrollo de la función natural de estos ecosistemas, que podrían ayudar a paliar, en gran medida, el proceso del cambio climático.

Y a una escala más privada, otro elemento que también contribuye al calentamiento global es el gas metano, que se desprende de la eliminación de residuos en los vertederos o del uso indiscriminado de fertilizantes químicos o combustibles fósiles.

Teniendo en cuenta que las conclusiones científicas no daban lugar a equívocos, un grupo de países optó ya en 1979 por ponerse manos a la obra, organizando la Primera Conferencia Mundial de la Organización Meteorológica Mundial de Naciones Unidas. Dieciocho años después -y tras varios intentos de llegar a un compromiso global en materia de reducción de emisiones-, se adopta el Protocolo de Kioto, un acuerdo pionero y ambicioso que, con el tiempo, ha demostrado una eficacia limitada.

Kioto: se establecen las bases para una lucha más eficaz

Con el Protocolo de Kioto, acuerdo alcanzado en diciembre de 1997, se establecen, por primera vez, compromisos nacionales de reducción de las emisiones de gases, así como la adopción de medidas específicas que permitan garantizar la eficiencia energética, el uso de prácticas sostenibles de gestión forestal y agrícola, el desarrollo de energías renovables y, sobre todo, pautas de control energético en el sector de los transportes.

Sin embargo, los compromisos de Kioto -que no entró en vigor hasta febrero de 2005- expiran a finales de 2012 y la ausencia de ratificación por parte de algunas de las naciones más contaminantes del globo, como es el caso de Estados Unidos -segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero, superado sólo por China-, desvinculado del acuerdo en 2001, han demostrado la debilidad de este compromiso.

De ahí la urgencia de lograr un nuevo pacto mundial a partir de 2012 -fecha en que quedará invalidado Kioto- que permita que el proceso de reducción de emisiones siga su curso. Con ese objetivo se celebró, en diciembre de 2008 en la ciudad polaca de Poznan, una reunión de las partes interesadas que aprobó una hoja de ruta -documento que establece las directrices a seguir- cuyas propuestas serán debatidas en Copenhage en diciembre de este año.

La UE, siempre a la cabeza

De cara a esa importantísima reunión, la Unión Europea acudirá con una propuesta en firme que aboga, entre otras medidas, por limitar, de aquí a 2020, el nivel máximo de emisiones, momento a partir de cual éstas se verían reducidas al 50% en relación a los niveles de 1950.

Además, conciente de la necesidad de ayudar a los países emergentes a sufragar parte de los costes que se generarán de la reducción de emisiones, Europa defiende la posibilidad de subastar derechos de emisión en un mercado del carbono, o bien establecer una contribución específica para cada país en función de sus ingresos y nivel de emisión.

Estas propuestas deben ir acompañadas del compromiso, por parte de los países emergentes y en vías de desarrollo, de que ellos también van a limitar las emisiones e invertir en estrategias encaminadas hacia ese objetivo, a la vez que se lleva a cabo una política más estricta de regulación de la deforestación.

Estas pautas suponen un paso más en la estrategia comunitaria de lucha contra el cambio climático, tras la adopción, el pasado mes de diciembre, de un ambicioso paquete de medidas que situaba a la UE a la vanguardia mundial en materia de lucha contra el cambio climático. El llamado Triple 20 defiende la reducción del 20% de los gases de efecto invernadero -30% si se logra un acuerdo a nivel mundial-, disminución de un 20% del consumo de energía -ampliando la eficiencia energética- y obtención de un 20% de nuestra energía a través de fuentes renovables, todo ello para 2020. Un objetivo nada despreciable y que podría convertirse en un ejemplo a seguir por otras naciones más conservadoras en el ámbito del ahorro energético.

¿Qué puedes hacer tú?

A pesar de que los principales actores mundiales deberían implicarse de forma más enérgica en la lucha contra el cambio climático, no sólo ellos son responsables de frenar las consecuencias del calentamiento global: todos podemos llevar a cabo pequeños gestos que contribuyen a reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Así, por ejemplo, en casa, con sólo bajar 1º la temperatura de la calefacción o el termostato en las horas donde no hay nadie en casa, instalar ventanas de doble acristalamiento para evitar fugas, alejar el frigorífico de posibles fuentes de calor y no introducir en él alimentos calientes, apagar las luces cuando no se precisen y sustituir las bombillas normales por otras de bajo consumo, se puede ahorrar energía, además de dinero.

Otras medidas a tener en cuenta son no dejar los aparatos eléctricos conectados, utilizar un ventilador en lugar del aire acondicionado en verano, poner en funcionamiento la lavadora o el lavavajillas sólo cuando estén llenos, cerrar al grifo mientras se enjabona o se limpia los dientes, o utilizar alcachofas de flujo reducido en la ducha.

No conviene olvidar el papel que juega el reciclaje: llevar los envases de vidrio al contenedor y separar el papel, el plástico y las latas de aluminio del resto de la basura permiten ahorrar hasta 9 kilogramos de emisiones por cada kilo de aluminio. Es importante evitar generar más residuos, ya sea llevando sus propias bolsas de tela a la compra, escogiendo productos naturales u aquellos que se vendan con poco envase, así como reciclar los residuos orgánicos con la ayuda de una compostadora.

Por último, no dude en replantearse su estilo de vida. Usar el transporte público, caminar o ir en bicicleta al trabajo contamina menos. Conviene no tratar de coger el coche para trayectos cortos, adquirir un vehículo híbrido, no superar los 120 km/h, buscar alternativas al transporte aéreo -el más contaminante- o probar a viajar en tren... Cambiar de estrategia no le ayudará sólo a mejorar su vida, sino la de todos aquellos que vendrán por detrás y que esperarán encontrar, cuanto menos, un planeta tan pleno como el que disfrutamos ahora.

Más información:

Change: ¿Qué es el cambio climático?

Campaña Energía Sostenible para Europa

En acción por el clima

ManagEnergy: eficiencia energética y energías renovables

Mapa mundial de emisiones de Gases de Efecto Invernadero

 Toda la información sobre Europa en el Centro Europe Direct de Cáceres.

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